Para llegar a Río Seco tuve que movilizarme en dos micros. El primero lo tomé en la intersección de Javier Prado y Rivera Navarrete, a tres cuadras de mi casa. Me bajé en la UNI, en la avenida Túpac Amaru. Crucé el puente peatonal y recorrí varias cuadras con dirección al norte, hasta llegar al paradero de los micros que van a Canta. Me subí en uno que estaba a punto de salir. Por suerte, había un asiento libre al fondo.
La avenida Túpac Amaru es una senda recta que unifica al Cono Norte. Atraviesa el Rímac, Independencia, Comas y, finalmente, Carabayllo, distrito que registra en su inventario de centros poblados a Río Seco. El trayecto abandonó su rectitud y fue estirándose hacia la derecha. La presencia de casuchas languidecía poco a poco. El ambiente cambiaba. Promontorios de roca madre reemplazaron a la superficie arenosa. Árboles, verdores, algunas haciendas abandonadas de la época de la emancipación de la República. Más allá surgieron bosquecillos expandiendo humos, caseríos anclados en un sigilo de textura anacrónica.
- Río Seco, Río Seco- pregonó el cobrador del microbús.
Me puse de pie y enfilé hacia la portezuela de salida. Una constancia trémula viajaba en mi pellejo. Al bajar y plantarme al borde de la autopista, me hallé circundado por una extensa vegetación a los pies de una familia de cerros enormes. En sus faldas divisé a cuerpos humanos hormigueando, desembocando de cuevas esculpidas en las cimas, en regiones donde flotaba una niebla de sorprendente reciedumbre. Me fui acercando a los cerros por medio de un camino rociado de fango y pedruscos. El crepúsculo era una presencia multicolor en el lóbulo occidental del firmamento. Los árboles se mecían en complicidad con un viento bullicioso. Un grupo de casuchas surgía al fondo. Al llegar hasta allí, me topé con gente cobriza, deslucida. Varios jóvenes llevaban ropas coloreadas de mugre.
Decidí subir a alguno de los cerros. Escogí uno y comencé a trepar con urgencia, evadiendo marañas de plantas decrépitas, experimentando hervores de pánico cada vez que miraba hacia atrás y notaba que la altura se iba haciendo más vigorosa. En un recodo decidí descansar. Aún faltaba escalar más de la mitad del cerro para llegar a la zona de las minas. Me arrellané sobre una roca para tomar aliento. Mi organismo se apaciguaba cuando, de súbito, una andanada de disparos rasgó el mutismo de la naturaleza. Provenía de las partes altas.
Atolondrado, me puse pie y comencé a bajar del cerro. Las balas arreciaban. Mi velocidad enloquecida me hizo trastabillar en varios tramos. Felizmente llegué ileso a la superficie. Allí me topé con las mismas personas: continuaban con sus cabizbajas rutinas, sin prestarle atención a la balacera.
- ¿Qué está pasando?- les pregunté, sudando el pánico.
Solo una señora se animó a contestar:
- Se meten bala por el oro. Aquí, en Río Seco, hay muerte todos los días.
La avenida Túpac Amaru es una senda recta que unifica al Cono Norte. Atraviesa el Rímac, Independencia, Comas y, finalmente, Carabayllo, distrito que registra en su inventario de centros poblados a Río Seco. El trayecto abandonó su rectitud y fue estirándose hacia la derecha. La presencia de casuchas languidecía poco a poco. El ambiente cambiaba. Promontorios de roca madre reemplazaron a la superficie arenosa. Árboles, verdores, algunas haciendas abandonadas de la época de la emancipación de la República. Más allá surgieron bosquecillos expandiendo humos, caseríos anclados en un sigilo de textura anacrónica.
- Río Seco, Río Seco- pregonó el cobrador del microbús.
Me puse de pie y enfilé hacia la portezuela de salida. Una constancia trémula viajaba en mi pellejo. Al bajar y plantarme al borde de la autopista, me hallé circundado por una extensa vegetación a los pies de una familia de cerros enormes. En sus faldas divisé a cuerpos humanos hormigueando, desembocando de cuevas esculpidas en las cimas, en regiones donde flotaba una niebla de sorprendente reciedumbre. Me fui acercando a los cerros por medio de un camino rociado de fango y pedruscos. El crepúsculo era una presencia multicolor en el lóbulo occidental del firmamento. Los árboles se mecían en complicidad con un viento bullicioso. Un grupo de casuchas surgía al fondo. Al llegar hasta allí, me topé con gente cobriza, deslucida. Varios jóvenes llevaban ropas coloreadas de mugre.
Decidí subir a alguno de los cerros. Escogí uno y comencé a trepar con urgencia, evadiendo marañas de plantas decrépitas, experimentando hervores de pánico cada vez que miraba hacia atrás y notaba que la altura se iba haciendo más vigorosa. En un recodo decidí descansar. Aún faltaba escalar más de la mitad del cerro para llegar a la zona de las minas. Me arrellané sobre una roca para tomar aliento. Mi organismo se apaciguaba cuando, de súbito, una andanada de disparos rasgó el mutismo de la naturaleza. Provenía de las partes altas.
Atolondrado, me puse pie y comencé a bajar del cerro. Las balas arreciaban. Mi velocidad enloquecida me hizo trastabillar en varios tramos. Felizmente llegué ileso a la superficie. Allí me topé con las mismas personas: continuaban con sus cabizbajas rutinas, sin prestarle atención a la balacera.
- ¿Qué está pasando?- les pregunté, sudando el pánico.
Solo una señora se animó a contestar:
- Se meten bala por el oro. Aquí, en Río Seco, hay muerte todos los días.
Sigue publicando, pero a ver si, en lugar de publicar fragmentos, te animas por el micro-cuento. Una historia completa en cada post.
ResponderEliminarSi, sería todo un reto elaborar micro-cuentos, incluso cuentos, ya que estoy más orientado al relato largo. Lo tomaré en cuenta.
ResponderEliminarCreo que ya existen ejemplos de novela-blogs, incluso que han sido luego publicados por medios tradicionales. Esa es otra posibilidad: si es complicado escribir historias breves, se podría aprovechar el formato del blog para redatar una historia de largo aliento con el formato epistolar o de un diario. Cada post o entrada sería un capítulo, etc.
ResponderEliminarEn fin, tan solo una de tantas posibilidades.